La COP26 fue una mezcla de acuerdos históricos y negociaciones de última hora. Pero, ¿cuál fue el resultado?
El 31 de octubre, durante la ceremonia de inauguración de la COP26, se proyectó un vídeo ante los líderes mundiales, políticos, miembros de la realeza, directores generales, expertos en clima, negociadores y funcionarios públicos reunidos en el SEC de Glasgow. El vídeo, de cuatro minutos de duración y titulado «Earth to COP», estaba compuesto por una serie de imágenes grabadas por testigos presenciales de desastres naturales en todo el mundo, desde las inundaciones en Uganda hasta los incendios en Australia. Las desgarradoras secuencias dieron paso brevemente a imágenes de la belleza del mundo natural, antes de volver a las escenas de destrucción.
Dos semanas después, la sensación de optimismo cauteloso que inundaba el recinto dio paso a la decepción, ya que las negociaciones de última hora sobre la redacción del Pacto de Glasgow dieron lugar a que la expresión «eliminación gradual» del carbón se suavizara a «reducción gradual». En general, los compromisos de reducción de emisiones quedaron por debajo de lo necesario para limitar el aumento de la temperatura a 1,5 °C y, aunque sin duda se lograron avances en algunos ámbitos, muchas personas consideraron que no era suficiente.
¿Y la buena noticia?
A pesar del sentimiento generalizado de pesimismo, hubo algunos aspectos positivos durante esas dos semanas. Se alcanzaron acuerdos sobre el metano —105 países se comprometieron a reducir significativamente las emisiones de este potente gas de efecto invernadero— y sobre las finanzas verdes —más de 450 bancos, que controlan 130 billones de dólares, acordaron respaldar las tecnologías limpias y retirar la financiación de las industrias que queman combustibles fósiles—.
Pero quizás el acuerdo más interesante fue la «Declaración de los Líderes de Glasgow sobre los Bosques y el Uso del Suelo». Esta histórica declaración fue firmada por más de 130 países, entre ellos China, EE. UU. y, lo que es más importante, Brasil, y tiene como objetivo detener y revertir la deforestación mundial durante la próxima década. El acuerdo incluye 5.300 millones de libras esterlinas de nueva financiación privada y 8.750 millones de libras esterlinas de financiación pública para restaurar tierras degradadas, apoyar a las comunidades indígenas, proteger los bosques y mitigar los daños causados por los incendios forestales.
Se estima que la deforestación representa casi una cuarta parte de todas las emisiones de gases de efecto invernadero, y que los bosques se talan en gran medida con fines agrícolas, como el cultivo de palma aceitera y soja, y la cría de ganado. Según el Instituto de Recursos Mundiales (WRI), si la deforestación tropical fuera un país, sería el tercer mayor emisor de dióxido de carbono del planeta. Y lo que es más importante, los bosques del mundo eliminan más de 7.600 millones de toneladas de carbono de la atmósfera cada año, lo que supone aproximadamente el 20 % de las emisiones globales (Nature, 2021).
«No hay camino hacia las emisiones netas cero sin abordar la cuestión de los bosques tropicales», declaró Julia Jones, científica especializada en conservación de la Universidad de Bangor, a National Geographic. «Por eso, es tan importante que todos se unan para abordar este tema tan pronto en la conferencia, con tanta gente sentada a la mesa».
De cara a 2022
Aunque los científicos y los activistas climáticos puedan sentirse frustrados por la aparente falta de avances en la COP26, el evento ha servido de plataforma sobre la que seguir trabajando cuando los países vuelvan a la mesa de negociaciones el año que viene para afinar sus resoluciones y reforzar sus compromisos de reducción de emisiones. Hasta entonces, deberíamos celebrar los logros y seguir defendiendo a bombo y platillo la sostenibilidad inherente a la industria de la impresión y el papel.

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